Durante las últimas décadas, la expansión de las áreas de conservación en la Amazonía andina ha reunido en un mismo territorio a actores con historias, intereses y responsabilidades distintas. Comunidades locales, Pueblos Indígenas, autoridades de conservación y otros actores interactúan a diario en paisajes donde se cruzan objetivos globales de biodiversidad con realidades locales marcadas por desigualdades históricas.
En este contexto, las relaciones entre comunidades y áreas de conservación no son estáticas: cambian con el tiempo y adoptan múltiples formas, que van desde el conflicto hasta distintos grados de colaboración. La forma en que estas relaciones se configuran y transforman influye directamente en los resultados de la conservación y en la vida de las personas que habitan y gestionan estos territorios.
A pesar de su importancia, estas dinámicas relacionales han recibido una atención limitada. Según los autores de un Infobrief publicado recientemente, existen pocas herramientas y métodos que permitan comprender las relaciones entre comunidades y los gestores de áreas de conservación, así como las condiciones que influyen en su evolución. “Como resultado, muchos conflictos permanecen sin ser abordados y las oportunidades para avanzar hacia arreglos más colaborativos siguen siendo poco comprendidas”, señala el documento.
Para responder a esta brecha, los autores del Infobrief proponen un marco conceptual que invita a mirar las relaciones entre comunidades y áreas de conservación como procesos dinámicos que pueden comprenderse, compararse y transformarse a partir de la evidencia. A partir de un estudio comparativo en la Amazonía andina, el documento presenta una tipología de las relaciones entre ambos actores y ofrece una herramienta práctica para identificar áreas de conflicto y cooperación, así como posibles caminos para fortalecer el involucramiento y avanzar hacia objetivos compartidos de conservación.
Una matriz para diagnosticar y planificar
El marco conceptual se construyó a partir de dieciséis estudios de caso en Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, desarrollados en el marco del proyecto “Diálogos de Conservación”, implementado por CIFOR-ICRAF en colaboración con la Climate and Land Use Alliance (CLUA) y la Gordon & Betty Moore Foundation. En cada país se analizaron cuatro áreas de conservación con distintos contextos de gobernanza, categorías de manejo y niveles de protección.
El equipo de investigación exploró cómo los distintos actores perciben la relación actual entre comunidades y autoridades de conservación, incluyendo ejemplos de colaboración y conflicto, los factores que influyeron en estas interacciones y las principales barreras para mejorarlas. Para ello, se realizaron entrevistas con representantes de Pueblos Indígenas y comunidades locales, funcionarios públicos (nacionales, locales o gestores de áreas de conservación) y miembros de la sociedad civil.
A partir de este análisis, los investigadores identificaron cuatro tipos amplios de relaciones: conflicto, coexistencia, colaboración y mutualismo. “Estos tipos no representan una progresión lineal o normativa desde relaciones ‘peores’ hacia ‘mejores’; más bien, reflejan estados dinámicos y potencialmente reversibles”, aclaran los autores.
Para caracterizar cada tipo de relación, el análisis identificó seis dimensiones clave que influyen de manera sistemática en cómo interactúan comunidades y áreas de conservación. Entre ellas se incluyen los derechos sobre la tierra y los recursos, los medios de vida y la distribución de beneficios, la participación en la toma de decisiones, la comunicación y transparencia, la capacidad institucional, y la capacidad y cohesión comunitaria.
Estos elementos se integran en una matriz comparativa que constituye uno de los componentes centrales de la tipología. La matriz describe cómo se expresan estas dimensiones en cada tipo de relación, incorporando ejemplos empíricos y estrategias utilizadas por los actores para responder a los desafíos existentes. De acuerdo con los autores, esta herramienta puede servir como base para diagnósticos conjuntos y como punto de partida para diseñar hojas de ruta orientadas a mejorar las relaciones y abordar problemas específicos.
Comprender por qué cambian las relaciones
Describir los tipos de relaciones, sin embargo, no era suficiente. Para comprender cómo es posible transitar de un tipo a otro, el equipo de investigación se planteó una pregunta adicional: ¿cuáles son las causas de fondo y qué factores impulsan el cambio?
Este ejercicio condujo al desarrollo del segundo elemento central de la tipología: el mapa de fuerzas impulsoras, que permite entender por qué ciertas relaciones se estancan y qué condiciones facilitan su transformación. El análisis identificó tres fuerzas transversales que interactúan de manera constante:
- Intereses, que incluyen prioridades como medios de vida, derechos territoriales, conservación de la biodiversidad o control del territorio.
- Involucramiento, entendido como la calidad, continuidad y credibilidad de los procesos de participación, diálogo y toma de decisiones.
- Capacidades, tanto comunitarias como institucionales, que abarcan conocimientos, recursos, liderazgo y condiciones habilitantes.

El mapa muestra cómo la alineación —o desalineación— de estas fuerzas configura los distintos tipos de relaciones y ofrece una herramienta visual para analizar dinámicas complejas y debatir estrategias de cambio.
Leídas en conjunto, la matriz de relaciones y el mapa de fuerzas impulsoras permiten no solo diagnosticar situaciones actuales, sino también imaginar trayectorias posibles. Los casos analizados muestran que las relaciones pueden avanzar, estancarse o retroceder en función de cómo interactúan estas fuerzas y de cómo responden a cambios políticos, económicos o ambientales.
En contextos de conflicto, las tensiones persistentes suelen reflejar intereses desalineados, exclusión de los procesos de toma de decisiones y capacidades insuficientes para implementar acuerdos. Restricciones al uso de recursos sin consulta efectiva, comunicación opaca o incumplimiento de compromisos generan desconfianza y resistencia, afectando tanto la conservación como los medios de vida locales.
La coexistencia aparece como una zona intermedia, en la que comunidades y autoridades operan en paralelo, con arreglos informales orientados a evitar la escalada del conflicto. Aunque estas relaciones pueden ofrecer cierta estabilidad, suelen ser frágiles y poco propicias para avanzar hacia objetivos compartidos de largo plazo.
La colaboración se caracteriza por una interacción más estructurada, con intereses parcialmente alineados, espacios de participación funcionales y un fortalecimiento progresivo de capacidades. La planificación conjunta y los arreglos de cogestión pueden mejorar la gestión territorial, aunque estas relaciones siguen siendo vulnerables a brechas de financiamiento, capacidades institucionales desiguales o una dependencia excesiva del apoyo externo.
El mutualismo representa el nivel más avanzado de interacción constructiva. En estos casos, comunidades y autoridades comparten objetivos de largo plazo, mecanismos de cogobernanza y beneficios que se refuerzan mutuamente. Sin embargo, incluso estos arreglos pueden verse afectados por cambios en el liderazgo, la rotación de personal o la discontinuidad del apoyo institucional.
Gestionar el conflicto para transformar la conservación
Uno de los principales aportes del marco es reconocer que los conflictos son esperables en contextos de conservación. En lugar de tratarlos como un problema a eliminar, la tipología los entiende como una condición común que puede gestionarse y transformarse.
Profesionales y actores locales pueden utilizar la matriz y el mapa de fuerzas impulsoras para diseñar intervenciones específicas al contexto, como fortalecer los espacios de toma de decisiones compartidas, alinear los beneficios de los medios de vida con los objetivos de conservación o invertir en capacidades institucionales y comunitarias. Asimismo, la tipología puede servir para dar seguimiento a los cambios en las relaciones a lo largo del tiempo.
Comprender las relaciones no garantiza por sí solo una conservación más justa y efectiva. Pero contar con marcos conceptuales y herramientas basadas en evidencia es un paso fundamental para avanzar hacia formas de gobernanza que reconozcan los derechos, las voces y los roles de quienes habitan y cuidan los territorios.








