El “30×30” se ha convertido en una de las consignas más conocidas en el ámbito de la biodiversidad. La Meta 3 del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal (KMGBF, por sus siglas en inglés) compromete a los países a conservar eficazmente al menos el 30 % de las tierras, las aguas continentales y las zonas costeras y marinas del planeta para 2030. Esta semana, mientras los delegados se reúnen en Ereván, Armenia, para la 17.ª Conferencia de las Partes (COP17) del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), esta meta será objeto de un examen exhaustivo durante la primera evaluación mundial de los avances en la implementación del marco.
La ambición del 30×30 ha captado la atención mundial, movilizado compromisos y establecido un objetivo de conservación claro y cuantificable. Sin embargo, proteger el 30 % del planeta tendrá poco impacto si la biodiversidad sigue disminuyendo en el 70 % restante. Cumplir esta ambición depende de cómo se articule el 30×30 con otras metas del MMBKM relacionadas con los territorios: la Meta 2, sobre restauración, y la Meta 10, sobre agricultura y forestería sostenibles. Para ello, es necesario actuar en los paisajes donde habita gran parte de la biodiversidad terrestre del mundo. La conservación no puede detenerse en los límites de las áreas protegidas; también depende de cómo se gestionan los paisajes en su conjunto.
Los bosques y las tierras agrícolas se encuentran en el valle del Rift, en Kenia. Foto: Patrick Shepherd / Landscape Alliance
La naturaleza no conoce fronteras
Desde hace tiempo sabemos que las áreas protegidas, por sí solas, no pueden detener la pérdida de biodiversidad. Gran parte de la biodiversidad mundial se encuentra fuera de sus límites, en zonas agrícolas, bosques, ciudades y paisajes productivos donde las personas y la naturaleza conviven. Además, la salud de las propias áreas protegidas depende de lo que ocurre a su alrededor. La fauna silvestre se desplaza entre distintos territorios, los ríos conectan ecosistemas y los efectos de los cambios en el uso del suelo y la degradación ambiental rara vez se limitan a un sitio específico.
“Muchos de los factores que impulsan la pérdida de biodiversidad dentro de las áreas protegidas tienen su origen fuera de sus límites”, señala Khalil Walji, científico especializado en restauración de paisajes de Landscape Alliance. “Pero no solo las amenazas trascienden las áreas protegidas; gran parte de la biodiversidad que necesitamos conservar también se encuentra fuera de ellas”.
Según el Informe Planeta Protegido 2024, alrededor del 32 % de las áreas clave para la biodiversidad del mundo —sitios de importancia mundial para la conservación de la biodiversidad— permanece completamente fuera de las áreas protegidas y conservadas.
El desafío consiste en pasar de intervenciones de conservación aisladas a acciones coordinadas en todo el paisaje, donde es necesario abordar de manera conjunta los distintos usos del suelo, la fragmentación de la gobernanza y las interdependencias ecológicas. La gestión integrada del paisaje ofrece una oportunidad para conciliar estas prioridades al articular la conservación, la restauración y la producción sostenible. Este enfoque permite abordar las causas de la pérdida de biodiversidad y, al mismo tiempo, fortalecer la integridad ecológica, la conectividad y la resiliencia de los ecosistemas.
A través de la Landscapes for Our Future (LFF), financiada por la Unión Europea, Landscape Alliance ha apoyado 23 iniciativas de gestión integrada del paisaje en el sur global, desde las tierras altas de Vietnam hasta los arrecifes de Mauricio y las sabanas tropicales de Brasil y Paraguay. Cada una de ellas ilustra tanto las oportunidades como las complejidades de trabajar en paisajes completos, donde los objetivos de conservación deben equilibrarse con los medios de vida y las actividades productivas.
“Adoptar un enfoque de paisaje implica impulsar cambios sistémicos, abordar las causas profundas en lugar de solo los síntomas y combinar la acción ambiental urgente con la protección de los derechos, los medios de vida y el bienestar de las personas”, escriben Anne Larson, científica principal de Landscape Alliance, y Daniella Silva, especialista en comunicaciones, en un artículo de Los Bosques al Día.

Garantizar los derechos para conservar la biodiversidad
La gestión eficaz de los paisajes no depende únicamente de la evidencia científica y la coordinación institucional. También requiere reconocer los conocimientos y el papel de quienes viven en estos territorios y dependen de ellos. Cada vez hay más evidencia de que los Pueblos Indígenas (PI) y comunidades locales (CL) pueden desempeñar un papel fundamental en la conservación de la biodiversidad, especialmente cuando sus derechos sobre la tierra y los recursos están garantizados y participan de manera efectiva en la toma de decisiones.
En 2021, investigadores de Landscape Alliance participaron en un análisis mundial de 643 casos de manejo forestal comunitario en 51 países. El estudio encontró que la mayoría reportaba resultados ambientales positivos y que los derechos de tenencia de la tierra se encontraban entre los principales factores asociados al éxito. Esta conclusión se ha visto respaldada por numerosos proyectos, desde el monitoreo de la biodiversidad liderado por las comunidades en Papúa Nueva Guinea hasta la estrategia de manejo integral del fuego liderada por comunidades asháninkas en Perú. Otras investigaciones han encontrado que, en las regiones tropicales, los territorios indígenas reducen la deforestación con una eficacia comparable a la de las áreas protegidas y, en África, incluso mayor.
“Los enfoques basados en los derechos no son simplemente una salvaguarda social; son fundamentales para lograr resultados duraderos en materia de biodiversidad”, afirma Walji. “La seguridad de la tenencia de la tierra, la gobernanza inclusiva y el reconocimiento de los conocimientos locales crean las condiciones necesarias para la eficacia de la conservación, la restauración y la gestión sostenible de los recursos”.


Estos principios están en el centro de las primeras directrices voluntarias de alcance mundial sobre la gestión sostenible de la fauna silvestre en el marco del CDB, que los países están examinando durante la COP17. El documento abarca actividades que van desde la caza y la pesca hasta el turismo de naturaleza. Además, promueve el reconocimiento de los derechos, la toma de decisiones inclusiva, el consentimiento libre, previo e informado, la protección de quienes defienden el medioambiente y la distribución equitativa de los costos y beneficios derivados del uso de la fauna silvestre. Científicos de Landscape Alliance contribuyeron a elaborar estas directrices como parte de la Asociación de Colaboración sobre Manejo Sostenible de la Fauna Silvestre (CPW, por sus siglas en inglés).
El desafío del uso sostenible
Con frecuencia, el uso sostenible de la biodiversidad y su conservación se presentan como prioridades contrapuestas. Sin embargo, cuando se gestionan adecuadamente, pueden reforzarse mutuamente: es posible proteger las poblaciones de especies silvestres y, al mismo tiempo, sostener los medios de vida, la nutrición y las prácticas culturales de las personas que dependen de ellas.
Esta relación se refleja en dos metas del MMBKM. La Meta 5 busca garantizar que el uso, la recolección y el comercio de especies silvestres sean sostenibles, seguros y legales. Por su parte, la Meta 9 plantea que el uso sostenible continúe beneficiando a las personas, en particular a las comunidades que dependen de la biodiversidad.
Encontrar un equilibrio entre ambas prioridades no es sencillo. La caza de fauna silvestre, por ejemplo, suele percibirse únicamente como una amenaza para la biodiversidad y una fuente de enfermedades zoonóticas. “La sobreexplotación de especies silvestres, incluida la caza excesiva, es uno de los principales factores que impulsan la pérdida de biodiversidad”, apunta Lauren Coad, científica principal de Landscape Alliance y punto focal biodiversidad. “Pero también constituye una fuente importante de nutrición, ingresos y conexión cultural para más de 150 millones de hogares en el sur global”.
Un estudio reciente vinculado a Landscape Alliance encontró que los sistemas alimentarios basados en la carne de animales silvestres son la “columna vertebral” de la seguridad alimentaria de más de 11 millones de personas en la Amazonía. Asimismo, son fundamentales para las identidades culturales y los derechos territoriales de los Pueblos Indígenas, las comunidades tradicionales y los pequeños agricultores.


Otras investigaciones lideradas por Landscape Alliance muestran que, en 12 000 hogares de África Central, la carne de animales silvestres aportaba el 20 % de la cantidad diaria recomendada de proteínas para la población rural. Sin embargo, el estudio también encontró que el consumo urbano estaba creciendo rápidamente, lo que incrementaba la demanda y la urgencia de establecer estrategias de gestión sostenible. Los autores concluyeron que reducir el consumo urbano es fundamental para mantener poblaciones saludables de fauna silvestre y garantizar que las comunidades rurales sigan teniendo acceso a esta fuente de alimento.

En Asia y el Pacífico, la evidencia disponible sigue siendo limitada. Un ejercicio de mapeo sistemático de las investigaciones sobre el uso de carne de animales silvestres en el Sudeste Asiático entre 2000 y 2023 encontró que los estudios se concentraban en unos pocos países. Singapur, Brunéi y Timor Oriental contaban con apenas un estudio cada uno.
Además, las investigaciones se han centrado principalmente en documentar la frecuencia de la caza, las cantidades y los precios, mientras que han prestado menos atención a los factores sociales que impulsan el consumo de carne de animales silvestres, la prevención de enfermedades zoonóticas y la eficacia de las intervenciones. A través de investigaciones regionales e iniciativas como los Diálogos sobre la Carne de Animales Silvestres (Wild Meat Dialogues), Landscape Alliance y sus socios trabajan para cerrar estas brechas de conocimiento, estudiando el uso, el consumo y el comercio de carne de animales silvestres, así como sus implicaciones para la seguridad alimentaria, los medios de vida y la conservación de la biodiversidad.
Estos hallazgos muestran por qué el uso sostenible y la conservación deben abordarse conjuntamente, en lugar de recurrir a prohibiciones generales que ignoran las realidades locales. Las restricciones pueden ser necesarias en determinados contextos, especialmente cuando se trata de especies amenazadas o de prácticas de extracción insostenibles. Sin embargo, las medidas mal diseñadas pueden perjudicar la seguridad alimentaria y los medios de vida sin reducir necesariamente la demanda.
“Las prohibiciones no suelen impedir que las personas consuman o comercialicen especies silvestres, pero pueden empujar estas prácticas a la clandestinidad. Esto dificulta que las personas mantengan sus medios de vida y aumenta los riesgos de transmisión de enfermedades zoonóticas a partir de fuentes no reguladas de fauna silvestre”, señala Hani Rocha El Bizi, coordinador principal de la Plataforma de Asociación Transformadora para el Uso Sostenible de Especies Silvestres (SU-TPP, por sus siglas en inglés) y científico de la delegación de Landscape Alliance en la COP17. “Apoyamos políticas y marcos de gestión adaptados a cada contexto, que generen confianza con las personas que dependen de las especies silvestres para obtener alimentos e ingresos y, al mismo tiempo, conserven poblaciones saludables de fauna silvestre para las generaciones futuras”.
Agricultores siembran maní en una parcela piloto en Yangambi, República Democrática del Congo. Foto: Axel Fassio / Landscape Alliance
Restaurar pensando en el futuro
La restauración también adquiere un significado distinto cuando se aborda desde un enfoque de paisaje. La Meta 2 busca que al menos el 30 % de los ecosistemas degradados esté bajo restauración efectiva para 2030. Sin embargo, en lugar de entender la restauración como una transición binaria de un ecosistema “degradado” a uno “restaurado”, las directrices mundiales para esta meta plantean un continuo de acciones complementarias. Estas abarcan desde reducir la degradación y mejorar la gestión sostenible del territorio hasta recuperar la integridad y los servicios de los ecosistemas.
Este enfoque es especialmente importante en los paisajes productivos, incluidos los terrenos agrícolas, los pastizales y las tierras de pastoreo. Las directrices mundiales para la Meta 2 reconocen un continuo restaurativo en el que distintas acciones y enfoques pueden contribuir a crear paisajes más saludables, conectados y resilientes.

A través de iniciativas como Regreening Africa, codirigida por Landscape Alliance, la organización está ampliando las prácticas de regeneración natural gestionada por agricultores, la plantación de árboles y la conservación del suelo y el agua en paisajes agrícolas del África subsahariana. La iniciativa aspira a incorporar cinco millones de hectáreas a procesos de restauración para 2030. El desafío consiste en garantizar que estas intervenciones generen beneficios ecológicos duraderos, en lugar de limitarse a sumar hectáreas a los compromisos de restauración.
Este trabajo no consiste en regresar al pasado, explica Walji. “Los ecosistemas históricos ofrecen referencias importantes, pero nuestro objetivo es recuperar la integridad ecológica, la biodiversidad y las funciones de los ecosistemas, al tiempo que fortalecemos su resiliencia frente a los cambios ambientales futuros. Debemos ir más allá de contabilizar las hectáreas restauradas y preguntarnos si los ecosistemas realmente se están recuperando y si esos avances perdurarán”.
Esta visión más amplia será decisiva para determinar si el MMBKM alcanza sus objetivos finales, que para 2050 buscan mantener y restaurar la integridad de todos los ecosistemas, no solo de aquellos destinados a la conservación. Mientras los delegados reunidos en Ereván evalúan los avances, el desafío será mirar más allá de las áreas que ya cuentan con protección y preguntarse si la biodiversidad también se está recuperando en el otro 70 % del planeta.







