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Más allá del bosque: por qué los pastizales importan más de lo que creemos

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4 min de lectura
Cubren más de la mitad de la Tierra, almacenan carbono y alimentan a millones de personas, pero siguen siendo invisibles en la agenda global
Pastoreo de ovejas en Mongolia. Foto: Adil Edin, Unsplash

Nota del editor: Este artículo resumen se basa en un texto publicado originalmente en ThinkLandscape bajo la autoría de Lily Hess.

Cuando se destruye un bosque antiguo, la reacción suele ser inmediata. Pero cuando un pastizal desaparece, a menudo pasa desapercibido. Durante décadas, estos ecosistemas han sido catalogados como “tierras baldías”: espacios aparentemente improductivos, en espera de ser transformados en campos agrícolas, ciudades o infraestructuras. Sin embargo, esa percepción dista mucho de la realidad.

Los pastizales cubren más del 50 % de la superficie terrestre del planeta y están presentes en todos los continentes, excepto la Antártida. Se extienden desde las sabanas africanas y las estepas de Asia Central hasta las praderas de América y las zonas de montaña. En muchos de estos territorios, las condiciones climáticas y del suelo hacen inviable la agricultura intensiva. Aun así, millones de personas han vivido allí durante siglos, desarrollando sistemas productivos adaptados al paisaje.

Lejos de ser ecosistemas marginales, los pastizales cumplen funciones clave para el clima y la biodiversidad. Sus suelos almacenan hasta el 30 % del carbono terrestre, según la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD). A través del pastoreo, se activa un ciclo natural: cuando las plantas son consumidas, parte de sus raíces muere y se descompone, devolviendo carbono al suelo. Si el ecosistema dispone de tiempo para regenerarse, la vegetación vuelve a crecer y el proceso se repite. Bien gestionado, este ciclo puede contribuir al secuestro de carbono y a la salud del suelo.

Las plantas de los pastizales suelen desarrollar raíces profundas que estabilizan el terreno, mejoran la infiltración de agua y reducen la erosión. Esta estructura subterránea sostiene una rica biodiversidad y crea hábitats fundamentales para la fauna silvestre. De hecho, más de 1,3 millones de kilómetros cuadrados de pastizales en el mundo están reconocidos como áreas clave para la biodiversidad.

En el centro de estos paisajes se encuentra el pastoralismo, un sistema de producción extensiva que permite transformar hierbas no comestibles en alimentos y fibras esenciales. Se estima que hasta 500 millones de personas dependen directamente de este modo de vida. Según el contexto ecológico, se crían vacas, ovejas, cabras, camellos, yaks, renos o alpacas, en sistemas que suelen adaptarse a los límites del paisaje.

A diferencia de la ganadería industrial, muchas prácticas pastoriles tradicionales trabajan en equilibrio con el ecosistema. Además de producir alimentos en tierras no aptas para la agricultura, las comunidades pastoriles gestionan activamente los pastizales. En zonas áridas, por ejemplo, el pastoreo regular puede reducir la acumulación de vegetación inflamable, disminuyendo el riesgo de incendios de gran magnitud.

Pese a su importancia, cerca de la mitad de los pastizales del mundo se encuentra hoy degradada. La principal amenaza es la conversión del suelo a otros usos, impulsada por la expansión agrícola, la urbanización, las plantaciones forestales y algunos proyectos de energía. Esta presión se ve reforzada por políticas que siguen considerando a los pastizales como espacios improductivos y marginan a las comunidades pastoriles.

Cuando estos ecosistemas se transforman, los suelos suelen perder nutrientes, compactarse y erosionarse, afectando la biodiversidad y la productividad a largo plazo. Al mismo tiempo, muchas comunidades enfrentan restricciones para acceder a tierras de uso tradicional debido a cercamientos, fronteras rígidas y conflictos territoriales. A todo ello se suma la crisis climática, que intensifica sequías en algunas regiones e inundaciones en otras.

Proteger los pastizales implica cambiar la forma en que los percibimos: reconocer su valor climático, ecológico y cultural; apoyar el pastoreo sostenible; y garantizar los derechos territoriales de quienes los habitan. Invisibles para muchos, estos ecosistemas sostienen a la mitad del planeta. Darles el lugar que merecen es clave para enfrentar la crisis climática y avanzar hacia modelos de desarrollo más justos.

Lee el artículo completo en ThinkLandscape: https://bit.ly/4a1Jsk2