Cuando Romer Quentimari recibió el llamado para integrar la primera brigada comunitaria asháninka, sintió que era el momento de prepararse mejor para proteger su territorio. El recuerdo del incendio que afectó a la comunidad vecina de Tsiquireni en 2023 seguía muy presente.
“Ese incendio siempre lo recuerdo, es lo más peligroso que ha pasado. Hemos enfrentado el fuego sin equipamiento, sin seguridad”, cuenta Romer.
Aquella madrugada, la Central Asháninka del Río Ene (CARE), organización que representa a 45 comunidades nativas en la selva central del Perú, lanzó una alerta y cerca de 200 comuneros acudieron con mochilas llenas de botellas de agua, machetes y herramientas improvisadas. El fuego se había originado por una quema agrícola mal vigilada: “Había un árbol seco y el comunero no se dio cuenta de que su raíz seguía prendida y cuando llegó al tallo se carcomió y cayó al monte. Debido a las altas temperaturas y los fuertes vientos, el fuego se expandió rápido por el bosque”, explica Romer.
Los comuneros contuvieron parte del avance, pero la magnitud los obligó a pedir ayuda estatal. “Después de 15 días llegó el ejército, pero tampoco pudieron apagarlo. Al cabo de un mes solo una inmensa lluvia lo contuvo”, recuerda. En medio de las cenizas, el daño fue devastador: “Murieron los animales, perdimos lo que hay en el bosque, nuestras maderas y plantas medicinales”.


Lo de Tsiquireni no fue un hecho aislado. Desde mediados de los años 2000, los incendios forestales comenzaron a ser más frecuentes en la cuenca del río Ene, a la par de cambios notorios en el clima.
“Tenemos un cambio drástico en las temperaturas. Lo normal era 20 a 24 grados, pero ahora superó a 38 grados”, afirma Saúl Vega, vicepresidente de CARE.
Ante el riesgo, la comunidad no pensó en huir, sino en buscar soluciones internas. “Había una preocupación de a dónde íbamos a ir, pero también pensábamos cómo podíamos mejorar el manejo interno del fuego”, señala Vega. “Trabajamos con el fuego, pero de manera controlada, con este conocimiento que teníamos antes”.
Un bien común asháninka
En la cultura asháninka el fuego es un bien común. Por generaciones, han aprendido a usarlo, compartirlo y realizar quemas agrícolas seguras. “Se realizaba en familia, padres, hijos y parientes. Quemábamos al mediodía; a esa hora no hacía tanto calor ni corría tanto viento como hoy”, indica Vega.
Dominado por sus ancestros, el fuego permite sostener la agricultura de subsistencia mediante la roza y quema para sembrar cultivos como plátano, yuca, cacao o ajonjolí. “Es una herramienta importante, pero hay que saber cómo usarlo para que no afecte al bosque. Nosotros como Pueblo Indígena solo abrimos media o una cuadra. Si abrimos treinta hectáreas, ¿cómo vamos a poder manejar la quema?”, explica Vega.
El fuego también forma parte de la memoria, la salud y la vida cotidiana de las comunidades.
Origen: “En el pasado, los Pueblos Indígenas comíamos crudo, hasta que apareció paamari, que significa fuego en idioma asháninka”, relata Vega.
Medicina: Mediante el “vaporeo”, las mujeres usan piedras calientes y plantas medicinales para tratar dolencias.
Identidad: “Es nuestro abrigo», cuenta Romer. «En las mañanas, mi mamá atiza el fuego y nos llama para calentarnos. Salimos con nuestra cushma (túnica tradicional) y nos reunimos alrededor”. De niño, él aprendió a encenderlo con materiales del bosque y a usarlo para ahumar carne en la caza y pesca.


Adoptar el MIF: Un desafío político y técnico
¿Cómo evitar que el fuego se convierta en incendio en un contexto de calor extremo e intensas sequías? Combatir el fuego bajo el esquema tradicional implicaba arriesgar la vida en zonas con acceso limitado a la salud.
En 2021, CARE impulsó un diagnóstico comunal entre hombres, mujeres, jóvenes y ancianos para reflexionar sobre esta problemática. De ahí nació PAAMARI, una estrategia basada en el Manejo Integral del Fuego (MIF).
El MIF es un enfoque que integra la prevención, el monitoreo, la preparación comunitaria y el uso responsable del fuego. “Aplicamos el triángulo del MIF: manejo técnico, cultura del fuego y ecología”, señala David Torres, especialista de CARE, quien destaca la necesidad de “desatanizar el fuego”.
La experiencia forma parte de los casos documentados por el proyecto Fuego y Territorio: Saberes Tradicionales para el Manejo del Fuego en la Amazonía (FUTERRA), implementado por Landscape Alliance, (antes CIFOR-ICRAF) con apoyo del Global Fire Management Hub. El proyecto analizó cómo comunidades indígenas y rurales en Perú y Bolivia combinan conocimientos ancestrales con nuevas herramientas para prevenir incendios y fortalecer la gestión territorial del fuego.
PAAMARI: prevención y acción comunitaria
Implementar PAAMARI no fue sencillo. Las comunidades tuvieron que abrirse camino en un contexto donde las políticas relacionadas con el fuego suelen enfocarse en la prohibición y sanción de las quemas, sin diferenciar los incendios forestales de las prácticas tradicionales de uso controlado del fuego.
A ello se sumaba la falta de recursos para poner en marcha una estrategia construida desde el propio territorio.
“Hemos presentado nuestra estrategia a los ministerios, al Gobierno Regional y a los gobiernos locales, pero no tenían presupuesto. Regresamos un poco preocupados porque sin capital no se podía avanzar”, recuerda Vega.


La situación comenzó a cambiar cuando CARE estableció una alianza con la organización internacional Cool Earth, que permitió poner en marcha la estrategia.
El pilar operativo ha sido la Escuela PAAMARI, que capacitó a más de 250 comuneros y certificó a 55 de ellos como brigadistas oficiales (incluyendo a Romer) a partir de los comités de autodefensa.
Las brigadas operan con un sistema híbrido: una central revisa datos satelitales y meteorológicos, y los brigadistas los verifican directamente en campo, generando información local valiosa. Esta doble validación permite actuar oportunamente y generar información local en zonas donde históricamente ha existido poca capacidad de monitoreo.
Además, las quemas agrícolas ahora siguen un cronograma estricto basado en la “Mano PAAMARI”, una metodología de trabajo colectivo.
Las brigadas también cumplen un rol clave en las quemas agrícolas, que hoy se realizan siguiendo cronogramas y condiciones climáticas previamente evaluadas.


“El dueño de la chacra coordina con brigadistas y comuneros para trabajar en grupo. Con la participación de hombres y mujeres, se limpia el área para reducir material combustible, se abren franjas cortafuego y se establecen puntos de control y rutas de escape. Luego se inicia la quema bajo vigilancia constante y se mantiene agua disponible para evitar que se descontrole”, describe Romer.
PAAMARI también ha fortalecido alianzas con instituciones públicas. Este año, con el apoyo de la Intendencia Nacional de Bomberos del Perú, 19 brigadistas comunitarios asháninkas fueron certificados por primera vez como Instructores-Facilitadores, lo que les permite replicar sus conocimientos en las comunidades. Además, en convenio con el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (SENAMHI) se instaló, en 2025, la primera estación meteorológica de la cuenca del río Ene, fortaleciendo el monitoreo climático.
Resultados tangibles
De acuerdo con CARE, de 25 incendios registrados en 2023 se pasó a 9 en 2024, con una reducción significativa del área afectada. En 2025 no se registraron incendios de gran magnitud y los focos detectados fueron controlados oportunamente.
“Poco a poco, vamos logrando nuestro objetivo y este año empezamos a restaurar áreas de bosque afectadas por incendios”, indica Saúl Vega con orgullo.
“Creemos en esta estrategia porque ha sido construida en la propia comunidad. Protegemos el territorio y el bosque: es donde vivimos”.
Comuneros, comuneras y brigadistas asháninkas durante el proceso de formación de la Estrategia PAAMARI en la cuenca del río Ene. Foto: CARE
Agradecimientos:
Liderado por Landscape Alliance en el marco del proyecto de la FAO “Global Fire Management Hub: fortalecimiento de la reducción del riesgo de incendios forestales y la preparación ante estos”, financiado por el Gobierno de Canadá, FUTERRA busca fortalecer el reconocimiento y la integración de los conocimientos indígenas, las prácticas tradicionales y las experiencias comunitarias en los enfoques de manejo integral del fuego.
La iniciativa se implementa en colaboración con la Red Bioamazonia, el Instituto Boliviano de Investigación Forestal (IBIF) y la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA).








