Hay un momento antes del amanecer en los bosques secos montanos de Lambayeque, en el norte del Perú, cuando el aire todavía es lo suficientemente frío como para estremecer y los árboles de palo santo se recortan oscuros sobre la línea de las montañas. Ysabel Calderón conoce bien esa hora. Las abejas nativas sin aguijón que ella cuida no se apresuran a comenzar el día. Salen lentamente, prueban el aire y se dirigen hacia las flores del higuerón y el hualtaco, árboles que han sostenido este paisaje durante siglos.
Esas abejas necesitan los árboles. Los árboles necesitan a las abejas. Y en ese intercambio existe una respuesta práctica a una pregunta con la que los conservacionistas han lidiado durante décadas: ¿cómo lograr que los bosques valgan más vivos que talados?
Esta interdependencia enfrenta cada vez más presión. Cerca del 35 % de los polinizadores invertebrados, especialmente abejas y mariposas, y el 17 % de los polinizadores vertebrados están en riesgo de extinción, según informes del Convenio sobre la Diversidad Biológica y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. La agricultura intensiva, el uso de pesticidas, las especies invasoras y el cambio climático están reduciendo las poblaciones de polinizadores, con consecuencias para los cultivos alimentarios, la regeneración de los bosques y los medios de vida rurales. Alrededor del 75 % de los cultivos alimentarios del mundo dependen, al menos en parte, de los polinizadores.
En Lambayeque, Calderón trabaja precisamente a partir de esa dependencia: restaurar los árboles que alimentan a las abejas nativas, proteger a las abejas que polinizan el bosque y utilizar la miel para ayudar a financiar ese trabajo.
También implica cambiar la idea que muchas personas tienen sobre las abejas. Para Calderón, cuando se le pide a alguien describir una abeja, la respuesta suele ser predecible: un insecto negro y amarillo que vuela, pica y produce miel. Es una imagen familiar, pero deja fuera a la gran mayoría de las especies de abejas que existen en el mundo.
Existen alrededor de 20 000 especies conocidas de abejas. Muchas no viven en colmenas, no producen cantidades comerciales de miel ni se parecen a las abejas que aparecen en logotipos y libros infantiles. Calderón quiere que las personas conozcan al resto.

“El 75 % de las especies de abejas son solitarias: no viven en grupos ni producen miel en grandes cantidades”, explicó. “Solo el 5 % de las abejas son sociales, es decir, producen miel y viven en colonias. Pero todas las abejas son importantes. Cada una cumple un rol dentro de los ecosistemas y contribuye a la conservación de los bosques”.
En Lambayeque, las abejas nativas sin aguijón dependen del palo santo, el higuerón y el hualtaco para construir sus nidos. A medida que esos bosques han retrocedido, las poblaciones de abejas también han disminuido. Las pérdidas no terminan en los insectos. Menos abejas significa una polinización más débil, menor regeneración forestal, vegetación silvestre más escasa y mayor presión sobre los sistemas alimentarios que dependen de esos mismos vínculos ecológicos.
En 2017, Calderón fundó Sumak Kawsay, un emprendimiento cuyo nombre significa “buen vivir” en quechua. Produce miel medicinal de abejas nativas sin aguijón y destina parte de ese trabajo a apoyar la reforestación de las montañas cercanas. El negocio depende de los mismos árboles que necesitan las abejas, lo que convierte la restauración en una fuente de ingresos y da a la producción de miel una razón para proteger el hábitat.


“Estamos estudiando tres especies de abejas nativas sin aguijón, manejadas de manera muy responsable, protegiendo su hábitat para que tengan suficiente alimento y puedan producir miel en condiciones saludables, una miel que luego comercializamos”, señaló.
Sumak Kawsay también creó “La ruta de la miel de abeja”, un circuito de ecoturismo donde los visitantes aprenden sobre los polinizadores, prueban miel y conocen los bosques donde el emprendimiento busca reintroducir las abejas nativas. La ruta ha generado trabajo para mujeres locales mediante el turismo, la producción de miel y la educación ambiental.
En 2023, Calderón fue reconocida como “Guardiana de la restauración de montañas 2023” a través del programa Restoration Stewards, liderado por Youth in Landscapes Initiative y el Global Landscapes Forum.
“Les debo muchísimo a las abejas y a las plantas”, afirmó.
Los bosques secos montanos de Lambayeque, en el norte del Perú, donde Sumak Kawsay trabaja para restaurar el hábitat de las abejas nativas. Foto cortesía de Sumak Kawsay.
Turberas sin fuego
En Indonesia, las abejas están ayudando a responder otra pregunta: ¿cómo pueden las comunidades que viven en zonas frágiles de turberas generar ingresos sin dañar lo que hay debajo de ellas?
Las turberas de Indonesia se encuentran entre los ecosistemas más ricos en carbono del mundo. También son altamente vulnerables. Cuando la turba se drena o se quema, el daño se extiende mucho más allá del lugar donde comenzó el incendio, liberando humo, destruyendo hábitats y enviando a la atmósfera carbono almacenado durante siglos.
En la aldea de Baru, en el subdistrito de Rambutan, Banyuasin, el problema estaba en el propio suelo. Era ácido. Las inundaciones eran impredecibles. La agricultura era una apuesta y las opciones de sustento eran limitadas.
En 2022, el proyecto Peat-IMPACTS comenzó a probar la apicultura con abejas sin aguijón utilizando 20 colonias. La propuesta era sencilla: criar abejas en huertos familiares, plantar especies florales para el néctar y construir un pequeño negocio basado en la miel.
El enfoque fue diseñado para adaptarse al territorio. La apicultura con abejas sin aguijón puede realizarse cerca del hogar, incluso por mujeres, y no requiere grandes extensiones de tierra. Los agricultores recibieron capacitación desde la producción hasta la comercialización. El grupo de productores gestionó las abejas, mientras que la empresa comunitaria BUMDesa apoyó en las ventas.

Foto de Jan van der Ploeg / CIFOR-ICRAF.

Un año después, los agricultores de la aldea de Baru manejaban 126 colonias.
La idea se expandió. Agricultores de la aldea de Sumber Makmur, en el subdistrito de Muara Padang, pidieron capacitación a los productores de Baru. Los agricultores de Baru les vendieron colonias. En seis meses, Sumber Makmur ya estaba cosechando miel y planeando comercializarla conjuntamente con Baru. La Asociación Indonesia de Abejas Melíferas, conocida como APIDA, se comprometió a apoyar el fortalecimiento de capacidades y la comercialización una vez que la miel alcance los estándares requeridos de calidad.
La cadena es simple: las abejas necesitan flores, las flores necesitan árboles y los árboles saludables necesitan turberas intactas. Eso da a las comunidades una razón financiera y local para que el ecosistema siga funcionando de forma natural.
La cosecha sagrada
En la isla de Timor, la cosecha de miel comienza mucho antes de que alguien trepe a un árbol.
Para la comunidad Olin-Fobia, en la Reserva Natural Monte Mutis, recolectar miel silvestre de la abeja gigante Apis dorsata es una práctica transmitida de generación en generación. El trabajo se realiza de noche. Los recolectores trepan árboles de Eucalyptus alba que pueden alcanzar hasta 80 metros de altura, guiados por cantos que piden permiso a las abejas para recolectar la miel. Un solo árbol puede albergar más de 120 colmenas. En conjunto, esas cosechas producen alrededor de 30 toneladas de miel al año, aproximadamente una cuarta parte de la producción total de miel de Nusa Tenggara Oriental.


Foto de Nanang Sujana / CIFOR-ICRAF.
“Si talamos todos los árboles, moriremos”, señaló el líder comunitario Isak Fobia a los investigadores.
La frase resume la lógica de la cosecha. Sin bosque no hay flores. Sin flores no hay abejas. Sin abejas no hay miel, ni ingresos, ni ceremonias.
Antes de partir hacia el campamento de recolección, un viaje de dos días desde sus hogares, los miembros de la comunidad resuelven conflictos personales. La cosecha depende tanto de la cooperación como de la habilidad para trepar árboles. Debido a que la miel se recolecta sin talar árboles, el impacto directo sobre la reserva protegida sigue siendo bajo. Y como las futuras cosechas dependen de un bosque sano, la comunidad tiene sus propias razones para proteger el ecosistema.
Un recolector de miel de la comunidad Molo cosecha miel silvestre en el bosque de Timor Occidental, Indonesia.
Foto de Nanang Sujana / CIFOR-ICRAF.
De la colmena al dosel forestal
En la región de Oromia, en Etiopía, a 420 kilómetros de Addis Abeba, Teyib Hussien ha pasado casi tres décadas trepando árboles.
Comenzó como apicultor, no como proveedor de semillas. Durante años, subió a las ramas colmenas cilíndricas tradicionales hechas de troncos, utilizando cuerdas y una habilidad que solo se adquiere con la práctica. En 1995, las autoridades locales necesitaban semillas de árboles para un esfuerzo de reforestación en tierras degradadas. Acudieron a Hussien porque sabían que podía trepar.
“Al principio suministraba entre 100 y 300 kilos de semillas al distrito y luego amplié el suministro a la zona de Jimma”, relató. “En ese entonces me pagaban entre dos y tres birr por kilo. En esa época, solo dos birr podían cubrir los gastos de un día. Continué suministrando semillas de árboles durante los siguientes 14 años por mi cuenta”.
Luego, la demanda superó lo que una sola persona podía abastecer.
En 2009, Hussien ayudó a fundar la cooperativa Segni Lalissa. Actualmente tiene 25 miembros, la mitad mujeres. Un primer pago de 40 000 birr de una empresa privada de semillas proporcionó al grupo más dinero del que habían ganado nunca con la agricultura. Más adelante, cuando el centro estatal Dima Tree Seed Centre ofreció 50 birr por kilo, la cooperativa vendió 240 sacos de semillas por 611 000 birr.
Abejas en sistemas agroforestales de tierras áridas
En Botsuana, donde gran parte del país se encuentra dentro del desierto del Kalahari, las lluvias son cada vez más impredecibles. La agroforestería ha sido incorporada en el Plan Maestro Forestal Nacional 2021–2039 como una de las respuestas: árboles para forraje, fruta, fertilidad del suelo, restauración y adaptación al cambio climático.
En la comunidad de Shaikarawe, en el distrito Noroeste, el Centro para la Investigación Forestal Internacional y Centro Internacional de Investigación Agroforestal (CIFOR-ICRAF) realizó un taller de cinco días en julio de 2023 para 34 funcionarios gubernamentales y 20 agricultores locales. La capacitación incluyó manejo de viveros, establecimiento de árboles forrajeros y frutales, manejo apícola y restauración de tierras.
“Estas tecnologías y prácticas son necesarias para mejorar la disponibilidad de forraje para el ganado, mejorar la fertilidad del suelo, restaurar paisajes degradados y contribuir a la mitigación y adaptación al cambio climático”, señaló Mothusi Selaledi, coordinador nacional del Departamento de Recursos Forestales y Pastizales de Botsuana.

Apicultores en capacitación inspeccionan un panal de abejas. Foto de Ollivier Girard / CIFOR-ICRAF.
Para George Mahindi, presidente del Shaikarawe Community Trust, la oportunidad era más inmediata.
“La comunidad de Shaikarawe será la primera en vender miel en la comunidad y en las ciudades del distrito noroeste”, dijo.
Ese es el atractivo de las abejas en los sistemas agroforestales de tierras secas. Requieren poco espacio. Favorecen la polinización de cultivos y plantas silvestres. Producen miel que puede consumirse, utilizarse con fines medicinales o venderse. Y como las abejas necesitan plantas con flores durante toda la temporada, recompensan a las fincas que mantienen más árboles, arbustos y vegetación en el paisaje.
Para los agricultores a quienes se les pide restaurar tierras degradadas mientras continúan alimentando a sus familias y ganado, eso importa. Una colmena no reemplaza un vivero, un sistema forrajero o un mercado para frutas. Añade otra razón para que todos esos sistemas funcionen juntos.
La pregunta más difícil
El Día Mundial de las Abejas parte de una premisa sencilla: las abejas y otros polinizadores ayudan a mantener saludables a las personas, los sistemas alimentarios y los ecosistemas. La pregunta más difícil es qué significa eso en lugares donde los bosques están siendo talados, las turberas están bajo presión y los hogares rurales necesitan ingresos de inmediato.
Las historias de Perú, Indonesia, Etiopía y Botsuana no ofrecen una fórmula única. Muestran qué debe existir para que la apicultura funcione: hábitat, capacitación, control de calidad, almacenamiento y compradores. Los árboles plantados sin fuentes de néctar harán poco por los polinizadores. Las colmenas sin vegetación saludable alrededor tendrán dificultades. Y la miel sin acceso a mercados generará beneficios limitados.
En todos estos casos, el valor de la apicultura va más allá de la miel. En Perú, las mujeres obtienen ingresos mediante el turismo, la educación ambiental y la venta de miel. En Indonesia, la apicultura en huertos familiares acerca los ingresos al hogar. En Etiopía, las mujeres representan la mitad de una cooperativa de semillas y participan en la extracción y limpieza en un sistema donde trepar árboles sigue marcado por normas locales.
La apicultura no elimina las limitaciones más complejas relacionadas con la tierra, los mercados o el género. Pero puede dar valor a espacios y habilidades que la agricultura convencional suele pasar por alto: patios, bordes de bosque, copas de árboles y trabajo cooperativo.
Nota del editor:
El Día Mundial de las Abejas se celebra cada año el 20 de mayo para concienciar sobre el papel que las abejas y otros polinizadores desempeñan en la seguridad alimentaria, la biodiversidad y los ecosistemas saludables. La fecha coincide con el nacimiento de Anton Janša, pionero del siglo XVIII de la apicultura moderna.








