En 1982, Usman Saibul y su amigo Jerry trabajaban para el programa de transmigración del gobierno de Indonesia en Ketapang, Kalimantan Occidental, cuando vieron a un cazador dispararle a una madre orangután —y a la cría aferrada a ella— desde un árbol.
Los animales cayeron al suelo del bosque, aún abrazados el uno al otro. Mientras la madre agonizaba, tomó una hoja, exprimió sobre ella su leche y la colocó junto a su cría. “Fue como si dijera: aunque muera, te dejo lo que necesitas para vivir”, recuerda Usman. “Y murió”.
La cría fue llevada lejos y el cuerpo de la madre fue comido por los cazadores. El momento quedó grabado en Usman. “Sentí mucha pena, mucha tristeza”, dice. “¿Cómo podía esa persona tener el corazón para matar a la madre y llevarse a su bebé?”.
Más tarde, cuando terminó el contrato de tala y regresó a su aldea en Kapuas Hulu, recibió una carta de Jerry. “Resulta que, cuando el cazador disparó al orangután, su esposa estaba embarazada”, relata. “Cuando dio a luz, el bebé se parecía bastante a la cría del orangután. Dijimos que era la maldición del orangután”.
Desde entonces, Usman ha contado esa historia muchas veces con un propósito muy específico: persuadir a la comunidad malaya en la que vive de proteger a los orangutanes. Y la evidencia sugiere que este tipo de relatos está favoreciendo la supervivencia de los animales.
Lo que los conteos de nidos no podían explicar
Cuando investigadores del Centro para la Investigación Forestal Internacional y Centro Internacional de Investigación Agroforestal (CIFOR-ICRAF) y la ONG local Riak Bumi comenzaron a estudiar las poblaciones de orangután de Borneo (Pongo pygmaeus pygmaeus) en Kapuas Hulu, Kalimantan Occidental, a inicios de la década de 2010, encontraron algo “bastante extraño”, dice la científica de CIFOR-ICRAF Linda Yuliani.
Dos áreas forestales, ambas en buen estado según las medidas convencionales, mostraban resultados drásticamente distintos. Una tenía altas densidades de nidos de orangután —el indicador utilizado para estimar el tamaño de la población de estos animales tan difíciles de observar—. La otra no tenía ninguno.
Los biólogos del equipo estaban desconcertados. Pero sus colegas antropólogos tenían una hipótesis. “Nos dijeron que en el bosque con muchos nidos de orangután —en territorio del pueblo indígena Iban Dayak— existía un sólido sistema de conocimientos tradicionales aplicado por las comunidades locales”, explica Yuliani.
“Tienen varias historias muy conocidas que animan a las personas a proteger a los animales y respaldan normas y tabúes muy fuertes sobre no molestar a los orangutanes”.
Un orangután de Borneo entre el follaje. Foto de Terry Sunderland / CIFOR-ICRAF.
Relatos poderosos
El relato de Usman sobre la crueldad humana —y la bondad animal— es una de esas historias. Otras son mucho más antiguas.
Dami, integrante de la comunidad Iban Dayak, recordó una historia transmitida por su abuelo sobre un anciano de su linaje llamado Baring, quien se reencarnó en orangután tras morir y dejó instrucciones estrictas para quienes vinieran después.
“Dijo: mis nietos, bisnietos y sus descendientes tienen prohibido comer o matar orangutanes”, cuenta. Hoy, los ancianos de la comunidad Iban Dayak se aseguran de transmitir ese mandato a sus descendientes y los animan a hacer lo mismo en el futuro.
Ese tema —ancianos respetados reencarnados como orangutanes— aparece con frecuencia en las historias de Iban Dayak, afirma Heri Valentinus, fundador y director ejecutivo de Riak Bumi. Otro tema común es que los orangutanes protegieron a sus antepasados durante guerras interétnicas hace unos 100 años.
También existe un relato popular sobre una familia que encontró una cría de orangután en el bosque, la llevó a casa y la crió junto con su hijo. “Una vez, cuando su hijo estaba nadando en el río, fue atrapado por un cocodrilo”, cuenta Yuliani. “El orangután corrió tras el cocodrilo, lo golpeó y rescató al niño”.
Estas historias también tienen fuerza legal. Las comunidades han formalizado la protección mediante sanciones consuetudinarias y, en algunos casos, acuerdos. “Hemos firmado un acuerdo según el cual cualquiera que dispare a un orangután será castigado o sometido a la ley consuetudinaria”, dice Rado, miembro de la comunidad iban.
Stasiana, otra integrante de la comunidad, es igual de directa: “Nuestra gente no puede matar, capturar ni vender orangutanes. Si alguien viola esta norma, los Iban creen que será maldecido y castigado”.
Estas protecciones también se extienden a algunos elementos del hábitat de los orangutanes. “Aquí hay árboles de rambután alrededor del lago, y la gente los llama ‘rambutan mayas’ [el rambután del orangután]”, dice Stasiana. “Podemos cosechar la fruta, pero no está permitido cortar los árboles”.
Rado explica cómo esa generosidad funciona en ambos sentidos:
“Las semillas de fruta arrojadas por los humanos solo crecerían alrededor de aquí”, dice señalando el asentamiento. “Pero si los orangutanes las comen, las semillas se dispersan mucho más lejos y ayudan a regenerar el bosque”.
Fortalecer las historias, apoyar los medios de vida
Yuliani y sus colegas publicaron su investigación sobre el tema en 2018. Pero, de algún modo, las historias de estos orangutanes —y de sus vecinos humanos— permanecieron con ellos mucho después de terminado el estudio.
El equipo sabía que este tipo de conocimiento ya se había perdido en muchas partes de Kalimantan Occidental y que esta zona podía ser la siguiente. Yuliani explica que los participantes de la investigación mencionaban una y otra vez que “cada vez más jóvenes y niños desconocen estas historias porque se mudan a las ciudades para estudiar o trabajar. También escuchamos decir: para los jóvenes, necesitamos demostrar que proteger a los orangutanes también nos trae beneficios”.
Por ello, con financiamiento de la Iniciativa Darwin, el equipo trabajó con miembros de las comunidades entre 2022 y 2025 para revivir y fortalecer estas historias mediante programas de sensibilización, narraciones y videos.
Al mismo tiempo, apoyaron a las comunidades con beneficios concretos para el desarrollo. Instalaron sistemas microhidroeléctricos autogestionados y sistemas de agua limpia, y capacitaron a mujeres para producir y comercializar productos forestales, como mermelada de una variedad local de mango y tintes naturales para ropa. También ayudaron a rehabilitar tierras degradadas, creando corredores que permiten a especies como los orangutanes desplazarse entre pequeños fragmentos de bosque.
En ese momento, la intervención había demostrado ser exitosa y escalable. El equipo presentó una propuesta para ampliarla a las comunidades restantes, pero, pese a una recomendación positiva de los evaluadores, la solicitud no recibió financiamiento cuando se agotó el presupuesto del donante. En una zona de bosque intacto compartida por cuatro aldeas vecinas, dos cuentan con sistemas microhidroeléctricos y dos no. “Ellos se preguntan: nosotros también estamos protegiendo a los orangutanes; ¿cuándo tendremos energía microhidroeléctrica como los demás?”.

Protección arraigada en el territorio
El orangután de Borneo está clasificado como “En Peligro Crítico” por la UICN, siendo la pérdida de hábitat y la caza sus principales amenazas. Las estrategias de conservación han reconocido cada vez más la importancia de involucrar a las comunidades, aunque a menudo esto se entiende en términos instrumentales: las personas locales como guardaparques o beneficiarias de pagos por servicios ecosistémicos.
Lo que esta investigación sugiere es algo más duradero. La protección aquí antecede al proyecto por generaciones. “Es algo que ya existe entre las comunidades”, dice Yuliani. “Nosotros estamos ayudando a revivirlo y fortalecerlo”.
Stasiana lo expresa de forma más sencilla: “Simplemente dejen que [los orangutanes] hagan lo que quieran”, dice. “Compartimos el mismo hogar”.
Para más información sobre este proyecto, contactar a Linda Yuliani: [email protected]








