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El desafío pendiente del carbono azul: fortalecer capacidades para una financiación justa

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Por qué el desarrollo de capacidades es clave para desbloquear financiamiento equitativo y empoderar a las comunidades costeras
Árbol de manglar en la isla Pasir Timbul, aldea Sungsang, región de Banyuasin. Foto: Ricky Martin/CIFOR-ICRAF

A medida que los países de Asia-Pacífico aceleran sus esfuerzos para aprovechar los ecosistemas de carbono azul como parte de la acción climática, surge una pregunta central: ¿quién tiene la capacidad de convertir la ambición en impacto?

Los ecosistemas de carbono azul —manglares, pastos marinos y marismas salinas— se encuentran entre las soluciones climáticas basadas en la naturaleza más poderosas. Almacenan grandes cantidades de carbono y brindan servicios ecosistémicos esenciales. Protegen las costas, sostienen las pesquerías y respaldan millones de medios de vida. Solo Indonesia alberga más del 20 % de los manglares del mundo, lo que le otorga un papel central en las políticas, el financiamiento y la implementación del carbono azul.

Durante el Taller Regional de Aprendizaje sobre Fortalecimiento de Capacidades para un Financiamiento Equitativo del Carbono Azul, realizado en el Centro para la Investigación Forestal Internacional y Centro Internacional de Investigación Agroforestal (CIFOR-ICRAF) en Bogor del 28 al 30 de abril de 2026, las discusiones revelaron que el éxito del carbono azul depende menos de los ecosistemas en sí y más de los sistemas —y las personas— que los sostienen.

De la ambición a la implementación

Indonesia ha colocado a los ecosistemas de carbono azul en el centro de su agenda climática y oceánica. Enggar Sadtopo, director de servicios marinos del Ministerio de Asuntos Marinos y Pesca de Indonesia, describió estos ecosistemas como “un componente esencial de nuestro camino hacia las emisiones netas cero para 2030 y 2060 o antes”.

Fue claro sobre lo que está en juego. “Los ecosistemas de carbono azul son algunas de las soluciones climáticas basadas en la naturaleza más eficientes disponibles a nivel global, capaces de generar mitigación de alto impacto a gran escala”, afirmó Sadtopo, aunque también reconoció que los activos ecológicos por sí solos no serán suficientes; se necesitan sistemas sólidos. “Indonesia está construyendo la gobernanza, la transparencia y la integridad necesarias para una inversión sostenible en carbono azul”.

Para Sadtopo, el enfoque es importante y forma parte de una visión más amplia de desarrollo: “Las finanzas de carbono azul no son solo una agenda ambiental. Son una vía hacia océanos resilientes, comunidades prósperas y un futuro sostenible”.

La ambición es clara. La implementación es donde comienza el trabajo más difícil.

Fotos: Fajrin Hanafi / CIFOR-ICRAF

El “vacío intermedio”

Un tema recurrente durante el taller fue lo que los participantes describieron como el “vacío intermedio”: la brecha entre las políticas nacionales y las realidades locales.

“Existe una gran experiencia a nivel local y regímenes políticos eficaces a nivel nacional. Pero hay un vacío intermedio”, señaló Cora van Oosten de CIFOR-ICRAF.

Esta brecha se manifiesta de maneras prácticas. Los gobiernos locales suelen carecer de capacidad técnica para traducir las estrategias nacionales en planes concretos. Las comunidades —a pesar de ser fundamentales para la conservación de los manglares— con frecuencia no tienen acceso al conocimiento, las herramientas y los mecanismos financieros necesarios para participar de manera significativa. Al mismo tiempo, la coordinación entre sectores —medio ambiente, pesca y finanzas— sigue fragmentada.

Como resultado, las políticas prometedoras corren el riesgo de quedarse en el papel, mientras que las iniciativas lideradas por comunidades tienen dificultades para escalar.

Foto: Fajrin Hanafi / CIFOR-ICRAF

Las capacidades como base del financiamiento

Las finanzas de carbono azul —ya sea mediante mercados de carbono, pagos por resultados o financiamiento combinado— dependen de sistemas sólidos. Estos incluyen mecanismos de medición, reporte y verificación (MRV), marcos de gobernanza y mecanismos de distribución de beneficios.

Pero estos sistemas no pueden funcionar sin capacidades.

“Queremos que el aprendizaje que comienza a nivel comunitario llegue hasta el gobierno central… y que las inversiones fluyan hacia proyectos que no solo combatan el cambio climático, sino que también restauren la biodiversidad”, señaló Lorenzo Santucci, de la Comisión Económica y Social de las Naciones Unidas para Asia y el Pacífico (UN ESCAP).

En la práctica, esto significa fortalecer capacidades en las comunidades, las instituciones subnacionales y los mercados.

A nivel comunitario, los actores locales son quienes están en la primera línea de protección de los manglares. Su conocimiento, participación y sentido de pertenencia determinan si la conservación perdura. “La primera línea que mantiene el ecosistema de manglares es, en realidad, la comunidad”, señaló Muzakir Achmady, de la Agencia Regional de Planificación del Desarrollo en la provincia de Sumatra del Sur. “Los mecanismos de distribución de beneficios deben favorecer a la comunidad para que pueda sentir el impacto económico”.

En la aldea de Sungsang IV, los esfuerzos locales ya son visibles. “En dos años, hemos plantado al menos 30 000 árboles de manglar… todo esto ha sido realizado por la comunidad”, indicó el jefe de la aldea, Arijandra.

Sin embargo, pasar de la restauración a la participación en mercados de carbono requiere otro conjunto de habilidades: recopilación de datos, monitoreo, alfabetización financiera y gobernanza.

A nivel institucional, los gobiernos provinciales y distritales cumplen un papel clave como puente. Son responsables de integrar el carbono azul en la planificación del desarrollo, los presupuestos y la implementación. Sin embargo, las brechas de capacidad suelen limitar su eficacia, especialmente para coordinar entre sectores y traducir las políticas nacionales en acciones locales. “El punto de entrada clave es incorporar el carbono azul en los planes regionales de desarrollo a largo plazo y asignarle presupuesto”, afirmó Ani Adiwinata Nawir, científica de CIFOR-ICRAF.

A nivel de mercado, las brechas de capacidad afectan la oferta de proyectos creíbles. Los inversionistas y desarrolladores requieren datos confiables, regulaciones claras y estándares sólidos. Sin la capacidad para desarrollar proyectos de alta integridad, incluso una fuerte demanda de créditos de carbono azul no puede traducirse en inversión real. “Cuando ponemos a las personas en el panorama, las cosas se vuelven más atractivas para pensar”, dijo Daniel Murdiyarso, asociado sénior de CIFOR-ICRAF. “El carbono azul puede alcanzar precios más altos en comparación con el carbono forestal terrestre”.

Pero los precios premium no llegan a proyectos que no pueden demostrar integridad.

De sumideros de carbono a sistemas comunitarios

El potencial técnico del carbono azul es solo una parte de la ecuación. Las discusiones durante el taller apuntaron a un desafío más práctico: cómo se gobiernan, financian y gestionan estos ecosistemas en la práctica.

“Realmente creemos en el poder de los árboles… Pero no creemos solo en el poder de los árboles”, apuntó van Oosten. “También creemos en el poder de las personas para plantar, gestionar, cuidar y amar los árboles”.

Este enfoque refleja un cambio más amplio. Lleva la conversación global más allá de ver el carbono azul como un instrumento ambiental o financiero estático, y lo replantea como un sistema social e institucional dinámico, que vive o muere según las capacidades construidas en todos los niveles.

Vincular el financiamiento con los medios de vida

Aunque gran parte de la discusión se centró en las finanzas de carbono, los participantes también enfatizaron la importancia de vincular el carbono azul con las economías costeras en general.  Los créditos de carbono son un mecanismo útil, pero los expertos internacionales advierten que están lejos de ser toda la solución.

Los manglares sirven como una base práctica para la vida costera, apoyando las pesquerías locales, el ecoturismo y la acuicultura tradicional. Estas actividades generan ingresos cotidianos vitales de los que dependen las familias, independientemente de si un proyecto llega o no al mercado de carbono. Los participantes del taller sostuvieron que las iniciativas de carbono azul logran una resiliencia mucho más profunda cuando fortalecen activamente estos medios de vida locales en lugar de tratarlos como prioridades secundarias.

Aquí es donde el desarrollo de capacidades se cruza con las cadenas de suministro y los medios de vida. Fortalecer las habilidades locales permite que las comunidades participen en acuicultura sostenible y desarrollen productos basados en manglares. Apoyar emprendimientos locales vinculados a la conservación puede crear nuevas fuentes de ingresos, mientras que mejorar el acceso a mercados garantiza que las comunidades se beneficien económicamente de sus esfuerzos.

Estos enfoques van más allá de los créditos de carbono y posicionan al carbono azul dentro de un marco más amplio de “economía azul”.

Two fishers hold large fish in Sungsang village, South Sumatra, Indonesia.

MÁS ALLÁ DEL CARBONO

Para las comunidades costeras, los créditos de carbono son menos una herramienta económica cotidiana y más un canal especializado de financiamiento. Están diseñados para canalizar inversiones climáticas internacionales hacia el nivel local, recompensando la restauración y protección de ecosistemas a largo plazo.

Sin embargo, debido a que los mercados de carbono pueden ser volátiles y tardar en materializarse, no proporcionan los ingresos inmediatos y confiables que las familias necesitan para su supervivencia diaria.

A person holds up a crab in a wire basket in Banyuasin, South Sumatra.
Cultivo comunitario de camarón en la aldea Marga Sungsang, en Banyuasin.
Foto: Ricky Martin / CIFOR-ICRAF.
A person gathers mussels from mangrove roots in Karang Sewu, Bali, Indonesia.
Recolección de mejillones en raíces de manglar en Karang Sewu.
Foto: Aulia Erlangga / CIFOR-ICRAF.

Un cambio de enfoque

En última instancia, el taller hizo un llamado a un cambio fundamental en la manera en que se diseñan e implementan las iniciativas de carbono azul.

“Queremos cambiar la narrativa de las comunidades locales como receptoras y beneficiarias hacia comunidades locales como socias”, enfatizó van Oosten.

Este cambio tiene implicancias profundas. Requiere involucrar a las comunidades y otros actores desde el inicio, alejándose de enfoques verticales para avanzar hacia una gobernanza colaborativa, en lugar de consultarlas después de que las decisiones ya han sido tomadas. Significa invertir a largo plazo en el fortalecimiento de capacidades, en lugar de ciclos de proyectos que terminan antes de que las habilidades queden consolidadas.

También implica pasar de intervenciones centradas únicamente en el carbono a una gestión integral de los ecosistemas. Esto desafía los modelos tradicionales de financiamiento climático, al requerir inversiones no solo en ecosistemas, sino también en personas e instituciones.

El camino por seguir

El liderazgo de Indonesia en carbono azul —respaldado por sólidos marcos políticos y vastos recursos ecológicos— ofrece una oportunidad única para demostrar cómo el desarrollo de capacidades puede desbloquear soluciones climáticas equitativas.

Pero concretar este potencial requerirá esfuerzos sostenidos. Esto incluye invertir en sistemas de educación y formación, fortalecer la coordinación intersectorial, garantizar una participación inclusiva y una distribución justa de beneficios, y cerrar el “vacío intermedio” entre la política y la práctica.

Como señaló Sadtopo, “con el financiamiento adecuado, la gobernanza y las alianzas adecuadas, la oportunidad puede convertirse en un impacto global medible”. Sobre Indonesia, añadió que el país “está listo para trabajar con todos los socios para ampliar las finanzas de carbono azul que protejan ecosistemas, empoderen comunidades y generen soluciones climáticas”.

El mensaje es claro: el futuro del carbono azul no estará determinado únicamente por cuánto carbono pueden almacenar los ecosistemas, sino por cuán efectivamente las sociedades puedan construir las capacidades para gestionarlos, financiarlos y sostenerlos.

En ese sentido, el desarrollo de capacidades no es un elemento complementario. Es la base.