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La cuenca del Congo: un sumidero irremplazable en riesgo y cinco acciones urgentes para protegerlo

La falta de financiamiento en la cuenca del Congo no es solo un desafío económico. Refleja brechas institucionales, diplomáticas y científicas más profundas que el dinero por sí solo no puede resolver
Forest view in Yangambi – DRC.

Este es el segundo de una serie de dos artículos de opinión que examinan por qué la cuenca del Congo sigue siendo una de las regiones de bosques tropicales con menor financiamiento en el ámbito global de la financiación climática.Clic aquí para leer la parte 1.

Parte 1: Resumen

En la primera parte de esta serie, los autores analizaron las cifras detrás del financiamiento crónicamente insuficiente de la cuenca del Congo —las brechas de financiamiento por hectárea, los déficits en los desembolsos, las fallas del mercado—. Pero la disparidad no es solo una cuestión de voluntad política o de incentivos mal alineados.

Debajo de la brecha de financiamiento existe un conjunto de déficits estructurales más profundos: instituciones nacionales de investigación debilitadas, invisibilidad diplomática, silencio mediático y un sumidero de carbono que ya muestra los primeros signos de estrés. Estas son las fuerzas que determinarán si cualquier cantidad de nuevo financiamiento puede realmente marcar la diferencia.

El colapso de la investigación y la educación nacionales

La crisis más profunda, detrás de las brechas en monitoreo y otros aspectos, es institucional. En toda la cuenca del Congo, los sistemas nacionales de investigación y educación se encuentran en un estado crítico. Años de inestabilidad, crisis económicas y cambios en las prioridades políticas han provocado una financiación crónicamente insuficiente, con la mayoría de las universidades de la región en deterioro.

La Escuela Regional de Formación de Posgrado en Gestión Integrada de Bosques Tropicales y Tierras (ERAIFT), con sede en la República Democrática del Congo (RDC) y que opera bajo los auspicios de la UNESCO (Centro de Categoría 2), ha formado alrededor de 500 graduados de maestría (MSc) en la región —incluidos estudiantes fuera de la cuenca del Congo— y 28 doctores desde 1999.

La colaboración a largo plazo entre el Centro para la Investigación Forestal Internacional y Centro Internacional de Investigación Agroforestal (CIFOR-ICRAF), financiada en gran parte por la Comisión Europea (CE), y la Universidad de Kisangani en la RDC ha formado cerca de 60 doctores y más de 300 maestros en unos 20 años.

Esto es positivo, pero las cifras siguen siendo una gota en el océano frente a las necesidades, que incluyen entornos adecuados de trabajo e investigación y condiciones de vida dignas tanto para profesores como para estudiantes.

Researcher looking through a microscope while another works in the background in a lab.
Un investigador analiza una muestra de madera en el Laboratorio de Anatomía de la Madera, Yangambi, provincia de Tshopo, RDC. Foto de Axel Fassio / CIFOR-ICRAF.
Researcher using a microscope beside a laptop displaying a magnified wood structure.
Un investigador analiza muestras de madera utilizando un microscopio y software de imágenes en el Laboratorio de Anatomía de la Madera en Yangambi, provincia de Tshopo, RDC. Foto de Axel Fassio / CIFOR-ICRAF.
Two researchers in lab coats preparing samples at a workbench with bottles and equipment.
Investigadores preparan muestras en el laboratorio de anatomía de la madera, Yangambi, provincia de Tshopo, RDC. Foto de Axel Fassio / CIFOR-ICRAF.

Para comparar, la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA), a pesar de recientes restricciones presupuestarias, emplea a más de 2400 científicos y opera con un presupuesto cercano a los 900 millones de dólares. Su equivalente en la RDC, el Instituto Nacional de Estudio e Investigación Agronómica (INERA), cuenta con unos 500 investigadores (menos del 40 % con formación de maestría) y un gasto de alrededor de 7 millones de dólares.

A nivel mundial, solo aproximadamente 300 científicos publican sobre la conservación de la cuenca del Congo, y apenas unas pocas decenas están basadas en la región. Los salarios del personal académico suelen estar por debajo del nivel de subsistencia, lo que empuja a los mejores investigadores a emigrar o a dedicarse a consultorías para proyectos internacionales. Las universidades en Kinshasa, Kisangani, Brazzaville o Yaundé carecen de equipamiento básico de laboratorio, electricidad confiable y acceso estable a internet.

El resultado es una trampa de dependencia. Las organizaciones internacionales y sus socios nacionales producen ciencia regional creíble, pero los sistemas nacionales que deberían sostener este trabajo de forma independiente están debilitados. Cuando se termina el financiamiento de los proyectos, la generación de conocimiento corre el riesgo de colapsar con él.

Los científicos extranjeros y consultores internacionales no deberían sustituir a los científicos y expertos nacionales. Sin embargo, los especialistas formados a nivel nacional capaces de gestionar sistemas de monitoreo, reporte y verificación (MRV), validar datos satelitales en campo, asesorar a comunidades sobre uso sostenible de la tierra y formar a la siguiente generación siguen siendo extremadamente escasos.

Invertir en educación y en la capacidad nacional de investigación en la cuenca del Congo no es un proyecto secundario de desarrollo, sino una de las formas más urgentes de financiamiento climático.

Asimetría diplomática

La influencia diplomática también determina cómo fluyen los recursos.

Brasil fue anfitrión de la Cumbre de la Tierra de 1992, presidió el G20 en 2024 y acogió la COP30 en Belém en 2025 con una de las delegaciones nacionales más grandes. Creó el Fondo Amazonía, propuso el Fondo Bosques Tropicales para Siempre (TFFF por sus siglas en inglés) y ha influido consistentemente en la agenda forestal global.

Indonesia, como miembro del G20 y eje de la ASEAN, ejerce una influencia diplomática comparable.

La RDC, en cambio, enfrenta una brecha de financiamiento de 48 mil millones de dólares para su Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC), de los cuales el 98 % se espera provenga de fuentes externas. Esta dependencia otorga a los donantes un poder desproporcionado para definir la agenda.

Invisibilidad mediática

Cuando la Amazonía ardió en 2019, el hashtag #PrayForAmazonia se volvió viral. Leonardo DiCaprio donó 5 millones de dólares. LVMH aportó 11 millones. El presidente francés Emmanuel Macron llevó el tema a la agenda del G7. Una petición en línea superó los 5,1 millones de firmas.

Nunca ha ocurrido un evento mediático equivalente para la cuenca del Congo.

La RDC ha experimentado una deforestación anual récord de aproximadamente 0,5 millones de hectáreas durante varios años, sin embargo, la cobertura mediática sigue siendo mínima. Más allá de las noticias “ambientales”, y pese a sus consecuencias devastadoras para el ambiente y los medios de vida, la cobertura de una de las guerras más mortales del mundo (más de 7 millones de muertos desde 1996 y en aumento) en el este de la RDC, así como de diversos conflictos en Camerún y la República Centroafricana, es prácticamente inexistente en los medios internacionales.

La Amazonía se ha posicionado globalmente (aunque de forma incorrecta) como “los pulmones del planeta”. La cuenca del Congo, que absorbe seis veces más dióxido de carbono neto, es ocasionalmente llamada “el segundo pulmón”, una etiqueta más bien despectiva con escaso reconocimiento público.

Un sumidero de carbono en peligro

Sorprendentemente, la Amazonía está perdiendo parcialmente su capacidad de actuar como sumidero de carbono. Algunas zonas de la Amazonía brasileña se han convertido en fuentes netas de carbono, emitiendo aproximadamente 0,22 mil millones de toneladas de carbono por año. Los bosques del sudeste asiático cruzaron ese umbral antes, convirtiéndose en emisores netos durante las décadas de 2000 y 2010 debido a la deforestación extensiva y los incendios en turberas.

La cuenca del Congo sigue siendo el último gran sistema forestal tropical que aún absorbe significativamente más carbono del que emite, con una estimación de aproximadamente 600 millones de toneladas de CO₂ al año.

Pero la evidencia emergente sugiere que esto podría estar cambiando.

Un estudio de diciembre de 2025 realizado por investigadores de la Universidad de Leicester encontró que los bosques de la cuenca del Congo perdieron aproximadamente 106 millones de toneladas de biomasa al año entre 2011 y 2017, lo que sugiere que partes de la cuenca podrían estar pasando de sumideros netos a fuentes netas.

La evaluación del Panel Científico de la COP30 advirtió que la cuenca del Congo se encuentra en una “encrucijada decisiva”, con quizá una década para actuar. Si sigue la trayectoria de la Amazonía y los bosques del sudeste asiático, las consecuencias para la regulación climática global serían catastróficas e irreversibles.

La cuenca también alberga la Cuvette Centrale, el complejo de turberas tropicales más grande del mundo, que cubre 167 600 kilómetros cuadrados y almacena aproximadamente 29 mil millones de toneladas de carbono. Esto equivale al carbono total de los bosques de la cuenca del Congo sobre el suelo o a tres años de emisiones globales de combustibles fósiles.

Estas turberas se mantienen en gran medida intactas, pero la controvertida subasta de bloques de exploración de petróleo y gas en 2022 por parte de la RDC, que se superponen con estas áreas, mostró cuán rápido podría cambiar esta situación.

Aerial view Congo Basin forest river village Democratic Republic of Congo peatlands landscape
Vista aérea de los sistemas de bosques y ríos en el paisaje de Yangambi, RDC, parte de las extensas turberas de la cuenca del Congo. Foto de Axel Fassio / CIFOR-ICRAF.

¿Son suficientes los compromisos recientes?

Desde la COP26, la cuenca del Congo ha recibido una atención financiera sin precedentes.

El compromiso de 1,5 mil millones de dólares anunciado en Glasgow fue cumplido y superado, con 1,8 mil millones desembolsados para finales de 2023. En la COP30, esto se amplió a un llamado a la acción de 2,5 mil millones de dólares para el periodo 2025-2030.

El Fondo Bosques Tropicales para Siempre diseñado para pagar 4 dólares por hectárea de bosque tropical conservado y corregir los sesgos estructurales de REDD+, atrajo compromisos por 6,7 mil millones de dólares en la COP30.

Estos avances son bienvenidos, pero siguen siendo insuficientes frente a la magnitud del desafío.

Los 6,7 mil millones del TFFF representan menos de una cuarta parte del objetivo de capital soberano de 25 mil millones necesario para su implementación a gran escala, y una fracción de la ambición total de 125 mil millones. El compromiso de 3 mil millones de dólares de Noruega está condicionado a que el fondo alcance los 10 mil millones para finales de 2026, meta que aún no se ha logrado.

El compromiso original de la cuenca del Congo también fue criticado por desembolsos lentos, falta de coordinación y escasa participación de los gobiernos de la región en su diseño.

Mientras tanto, varios de los factores estructurales detrás de la desigualdad en el financiamiento permanecen en gran medida sin resolverse. Las conexiones con cadenas de suministro de productos básicos siguen siendo escasas. La inversión en infraestructura científica es insuficiente. La capacidad diplomática no se ha fortalecido de manera significativa. La brecha de visibilidad mediática persiste.

Vegetable farming with intercropping in Yalungu, near Yangambi, Tshopo Province - DRC.
Toma aérea de agricultura de hortalizas con cultivo intercalado en Yalungu, cerca de Yangambi, provincia de Tshopo, RDC. Foto de Axel Fassio / CIFOR-ICRAF.

¿Cómo sería una respuesta sistémica?

Se necesitan cinco intervenciones simultáneas.

Primero, crear equivalentes de cadenas de productos en la cuenca del Congo mediante el desarrollo de mercados de carbono y la inversión en bioeconomía. El lanzamiento en febrero de 2026 por parte del Banco Mundial de hojas de ruta estratégicas para mercados de carbono y financiamiento climático en los seis países de la cuenca es un buen comienzo, aunque aún incipiente.

Segundo, capitalizar plenamente el TFFF y los mecanismos ajustados para países con alta cobertura forestal y baja deforestación (HFLD). El enfoque de pago por hectárea conservada es la corrección conceptual adecuada al diseño de REDD+, pero necesita financiamiento a gran escala.

Tercero, tratar la infraestructura científica como una prioridad central del financiamiento climático. Sin sistemas MRV, ninguna voluntad política puede traducirse en pagos basados en resultados.

Cuarto, fortalecer la capacidad institucional nacional en lugar de depender de estructuras paralelas impulsadas por donantes. El modelo actual perpetúa la dependencia que pretende resolver.

Community training forest restoration Congo Basin Yangambi nursery planting capacity building
Llegada de plántulas mejoradas de árboles frutales a un vivero comunitario en Yangambi, provincia de Tshopo, RDC. Foto de Axel Fassio / CIFOR-ICRAF.
Community training forest restoration Congo Basin Yangambi nursery planting capacity building
Plantación de plántulas mejoradas de árboles frutales en un vivero comunitario en Yangambi, provincia de Tshopo, RDC. Foto de Axel Fassio / CIFOR-ICRAF.

Quinto, valorar correctamente el papel único de la cuenca del Congo. Como posiblemente el último gran sistema forestal tropical que aún funciona como sumidero neto de carbono —y cuya capacidad está ahora en riesgo—, presta un servicio no solo valioso, sino irremplazable.

Actualmente se le trata como una versión de menor prioridad de la Amazonía, cuando debería considerarse la inversión más crítica del mundo en la eliminación de carbono atmosférico.
La ecuación es simple.

El servicio de eliminación de carbono de la cuenca del Congo vale 55 mil millones de dólares al año. El mundo la compensa con aproximadamente 360 millones.

La brecha entre estas cifras no es solo un déficit de financiamiento, sino una medida de cuánto hemos subvalorado uno de los activos más importantes del planeta para la estabilidad climática.

No se trata de si podemos permitirnos cerrar esa brecha, sino de si podemos permitirnos no hacerlo.