Era el año 2019 cuando Senia Cabello recibió la primera llamada para ayudar a extinguir un incendio que avanzaba sobre una comunidad vecina en Roboré, Santa Cruz. No lo dudó dos veces. El fuego se extendía por el bosque seco chiquitano y las manos no eran suficientes para controlarlo. “Convoqué a las mujeres de mi pueblo, Santiago de Chiquitos, y les dije que las llamas amenazaban la zona de la vertiente y que nos podíamos quedar sin agua”, recuerda. Muchas acudieron de inmediato a ayudar.
Para hacer más efectivo el trabajo, Senia empezó a delegar tareas. Algunas cargaron mochilas de hasta 20 litros de agua sobre la espalda y pasaron pruebas de resistencia improvisadas. “Las que aguantaban correr dos cuadras con la mochila subían hasta el mirador, que es altísimo, y llevaban agua a las personas que estaban apagando los incendios”, relata.
Aquel año quedó marcado como una de las peores temporadas de incendios en la Chiquitania boliviana, pero también como el inicio de algo nuevo. Después de los incendios, muchas mujeres de Roboré quisieron capacitarse para prevenir y enfrentar el fuego en sus territorios.
“Así como cuidamos a nuestros hijos, así cuidamos la naturaleza”, dice Senia sobre las 25 mujeres —jóvenes y adultas— que empezaron a conformar las primeras cuadrillas comunitarias de bomberos forestales en Roboré.


Lo que empezó como una reacción ante las llamas terminó convirtiéndose en una forma de resistencia en territorios cada vez más amenazados por los incendios.
La Chiquitania, sin embargo, no es el único territorio en peligro. En la última década, incendios cada vez más intensos y frecuentes han golpeado todo Sudamérica, afectando bosques, fuentes de agua y los medios de vida de millones de personas.
En muchas comunidades de la región, el fuego forma parte de prácticas ancestrales vinculadas a la agricultura, la cocina o la medicina tradicional. Durante generaciones, comunidades indígenas y campesinas utilizaron quemas controladas para preparar pequeñas chacras y renovar los suelos antes de la siembra. Pero hoy, en territorios cada vez más secos y degradados por la deforestación y el cambio climático, mantener el fuego bajo control se ha vuelto mucho más difícil.
Frente a ello, diversas iniciativas han comenzado a promover el Manejo Integral del Fuego (MIF), un enfoque que busca ir más allá de la extinción de incendios y reconocer también el papel ecológico, cultural y social del fuego. La idea central es anticiparse, no solo fortalecer la respuesta ante la emergencia; por ello, el MIF promueve la prevención, la preparación comunitaria y el uso más seguro y responsable del fuego.
En Bolivia y Perú, el proyecto “Fuego y territorio: saberes tradicionales para el manejo del fuego en la Amazonía” (FUTERRA), implementado por Landscape Alliance en el marco del Global Fire Management Hub, ha documentado cómo comunidades indígenas y rurales combinan conocimientos ancestrales con nuevas herramientas para prevenir incendios y fortalecer la gestión territorial del fuego.
En ese proceso, el proyecto ha evidenciado que las mujeres han asumido un papel cada vez más visible en el manejo del fuego. Armadas con mochilas de agua, motosierras, banderas de alerta o teléfonos celulares, ellas protegen sus territorios, organizando brigadas, monitoreando el clima, coordinando sistemas de alerta y movilizando a sus comunidades.
Las bomberas de la Chiquitania
A sus 54 años, Senia viste con orgullo el traje amarillo que la identifica como jefa de la cuadrilla de bomberos comunales de Santiago de Chiquitos. “Se necesita honor, valentía y coraje. Sobre todo, cuando eres madre y debes enfrentar las llamas”, dice.
En 2024, pasó casi tres meses combatiendo incendios junto a su esposo. Solo regresaban por las noches para ver cómo estaba su hijo. “No sabía si había comido en todo el día. Todos los días le dejaba la comida para que la calentara”, recuerda.
Pese al cansancio y a que el trabajo es voluntario y sin remuneración, nunca abandonó la lucha. Tampoco lo hicieron las mujeres de su cuadrilla.
“Las primeras en llegar suelen ser las mujeres. Hay dos motosierristas, dos que trabajan con el gorgui (una herramienta que permite abrir líneas de defensa contra el fuego), y otras que son mochileras. Los hombres también hacen esas tareas. Trabajar unidos es bonito; yo les llamo mis hermanos del fuego”, cuenta.
Brigada de Santiago de Chiquitos. Foto: Cortesía de Senia Cabello.
Su labor no se limita al combate de incendios. Cada quince días realizan reuniones comunitarias para socializar las reglas del uso responsable del fuego. Revisan calendarios de quema, monitorean el clima y coordinan quemas controladas para los chacos familiares. “El Valle de Tucabaca es seco. Cualquier chispa y se enciende”, explica.
Senia insiste en que las comunidades indígenas utilizan el fuego de forma distinta a quienes desmontan grandes extensiones para la agricultura o la ganadería a gran escala. “Nuestros chacos no pasan de dos hectáreas. Son para alimentar a la familia”, señala.
La preocupación es compartida por Ignacia Supepi, cacique del Territorio Comunitario de Origen (TCO) Monte Verde, quien denuncia que los incendios recientes están ligados al avance de la deforestación y el acaparamiento de tierras.
“Nosotros hacemos el chaco según la necesidad de cada familia. No como las personas ajenas que desmontan cientos de hectáreas. Ellos queman sin control y conocimiento alguno, para ellos es prender el fuego y dejarlo”, afirma.
Durante los incendios de 2024, Ignacia tuvo que coordinar cuadrillas comunales, militares y brigadistas externos mientras el fuego avanzaba durante semanas.


“No es fácil tomar el mando”, señala. “Cuando los militares llegaron nos dijeron que no trabajaban de noche. Pero nosotros, que conocemos el territorio, sabemos que en la noche se trabaja mejor. Entonces organicé turnos entre militares y cuadrillas comunales”.
La logística también recaía sobre sus hombros. Había que decidir quién combatía el fuego, quién preparaba los alimentos y quién se quedaba cuidando a los hijos de las parejas que salían juntas a apagar incendios. “Ahí tienes vidas a tu cargo”, dice Ignacia. “Actualmente tenemos muchos bomberos que están con esa situación de que tienen esa tos y enfermedades pulmonares. No tenemos seguro de vida ni de salud”, añade.
Aun así, ambas coinciden en que proteger el bosque es proteger el futuro de sus hijos y las generaciones venideras. “Tenemos la oportunidad de defender nuestro territorio para que ellos respiren aire puro”, dice Senia.
Vigilantes de las montañas andinas
“Prevenir el incendio forestal es proteger la vida, el agua y nuestros bosques”, afirma Ana Cecilia Hilario mientras camina con una bandera amarilla entre las manos hasta lo alto de la montaña Qori Sonqo —“corazón de oro”, en quechua—, en la comunidad de Socma, Ollantaytambo. Desde ahí, la bandera puede verse desde distintas comunidades del Valle Sagrado de Cusco y alertar sobre el nivel de peligro durante la temporada seca.
“Verde significa que hay menos probabilidad de incendios porque es temporada de lluvia; amarillo, que debemos estar alertas al momento de hacer la quema agrícola; y rojo, peligro extremo, por lo tanto, está prohibido hacer fuego. En muchas comunidades no llega la señal móvil y nosotros siempre socializamos qué significan estas banderas, así como otras acciones de prevención”, explica Cecilia, quien hasta hace poco lideró una brigada integrada exclusivamente por mujeres de la comunidad.


Las banderas complementan los pronósticos climáticos que reciben mediante grupos de WhatsApp donde participan brigadistas, autoridades comunales, bomberos y organizaciones locales. Cuando alguien detecta humo en una montaña o una quema sospechosa, envía fotografías y la ubicación exacta.
“Nos avisamos entre todos”, dice Cecilia. “Así actuamos rápido”, complementa Flor, brigadista de la comunidad de Palomar, quien asegura que durante la temporada seca las alertas pueden llegar a cualquier hora. “Si vemos humaredas reportamos con fotos en el grupo de Whatsapp. Se verifica qué está pasando, si están quemando en su chacra y si ese fuego es controlado o no, pero se sabe quién es el responsable”.
Las brigadas forman parte del trabajo impulsado por la ONG local Valle Sagrado Verde junto con comunidades y autoridades locales para fortalecer la prevención en Ollantaytambo, en la región Cusco del Perú.
Además del monitoreo, las brigadistas realizan podas regenerativas, reforestación con especies nativas y campañas de sensibilización comunal.


Flor participa activamente en esas jornadas. Junto a otras mujeres, limpia ramas secas y vegetación que podrían alimentar el fuego en laderas cercanas a las comunidades. “Si el árbol está lleno de arbustos, el fuego prende rápido”, explica. “En cambio, cuando hacemos la poda regenerativa, el fuego puede pasar por abajo y no debilita tanto al árbol”.
Las y los brigadistas utilizan machetes, tijeras y serruchos para intervenir zonas de riesgo. Los trabajos suelen realizarse entre julio y noviembre, los meses más secos del año.
Flor recuerda que decidió involucrarse después de ver cómo los incendios afectaban las montañas y las fuentes de agua de las que dependen las comunidades. “Antes el nevado estaba más cerca, ahora cada vez se ve menos”, cuenta.
En varias comunidades del Valle Sagrado, la preocupación por el agua se ha convertido en una de las principales razones para evitar quemas descontroladas. “Por el sol no tenemos agua”, dice Flor. “El nevado se está derritiendo”.
Flor (polo gris) participa en las actividades de reforestación en su comunidad de Palomar. Se priorizan especies nativas nativas como el molle y el chachacomo, este último es considerado un «sembrador de agua» natural. Foto: Cortesía de Valle Sagrado Verde.
Esa sensación de pérdida ha impulsado una participación cada vez mayor de mujeres dentro de las brigadas. Aunque al inicio no siempre fue fácil. “Había hombres que decían: ‘¿Quién va a estar perdiendo el tiempo?’. Machistas como siempre. ‘Las mujeres no hacen nada, están en la casa, ellas que vayan’”, recuerda Flor.
Pero con el tiempo, más mujeres comenzaron a participar en las capacitaciones y asumir responsabilidades dentro de las brigadas. Flor asegura que las capacitaciones y el monitoreo constante también han ayudado a reducir las quemas descontroladas. “Somos más orgullosos de nuestro cerro por los años que no tuvo fuego”, señala.
Siempre atenta a su celular por si surge una alerta, Flor espera que sus acciones y las de otras mujeres que luchan por el territorio puedan no solo mantener vivo el nevado de su comunidad, sino también el hogar común de todas las familias.
Agradecimientos:
Liderado por Landscape Alliance en el marco del proyecto de la FAO “Global Fire Management Hub: fortalecimiento de la reducción del riesgo de incendios forestales y la preparación ante estos”, financiado por el Gobierno de Canadá, FUTERRA busca fortalecer el reconocimiento y la integración de los conocimientos indígenas, las prácticas tradicionales y las experiencias comunitarias en los enfoques de manejo integral del fuego.
La iniciativa se implementa en colaboración con la Red Bioamazonia, el Instituto Boliviano de Investigación Forestal (IBIF) y la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA).








